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Soy una aguja común y corriente de acupuntura. Mi nombre es Agujichan. Soy china, me distingue de las coreanas un gorrito circular que, no es por nada, pero me hace bastante más elegante. Soy de acero inoxidable. Hay otras de plata u oro con más glamour, pero a mi me gusta mi sencillez porque creo firmemente que desde la humildad se pueden hacer grandes cosas.

También es importante que sepáis de mí que no soy de las desechables. Hay muchas de mis compañeras que son de un solo uso, se adentran y luego son arrojadas a un cubo amarillo.¿Qué pasa si en esa única oportunidad no está una tan fina? Es una lástima terminar con tan poca gloria y más aún después de todo el esfuerzo que se hace para darnos vida. Yo en cambio tengo la suerte de poder entrar en muchas personas y estoy contenta de que mi vida sea tan larga y rica.

Mi cuerpo tiene dos partes: la superior es más sólida para que me puedan agarrar; y la inferior, que dicho sea de paso es la que saca lo mejor de mí, es fina como un pelo. También de esta parte destaca mi flexibilidad, no quiero darme demasiado protagonismo pero, solo para quien le pueda interesar el dato, me puedo doblar hasta noventa grados y recuperar mi forma como si nada.

Trabajo con Amaua, aunque hay personas que le llaman doc, agujitas e incluso una chica le llama china asesina. Me gusta la mano de Amaua porque me agarra con suavidad a la vez que con firmeza, que es la mejor manera de introducirme sin dejarme colgando y haciendo equilibrios en la superficie (yo ya he probado otras Amauas y sé lo que me digo). Me usan varios días por semana, eso sí, después de  meterme en el interior de todas esas personas, me limpian con un líquido transparente y me dejan descansar en algo muy calentito que he oído que llaman esterilizadores (no sé qué es eso pero, ¡me relaja un montón!).

Nadie se pone en la piel de una aguja. La mayoría cree que nos gusta hacer daño, meternos porque sí en el interior de las personas, pero lo que hacemos realmente es ayudar a todo el mundo. De hecho no le decimos que no a nadie, aunque nos rechacen o hablen mal de nosotras sin habernos sentido nunca antes.

Me ocurre muy a menudo que Amaua me tiene que parar justo antes de entrar y es por culpa de mis primas las jeringuillas. Juro por la aguja de jade que pienso decirles un par de cosas la próxima vez que me las cruce. Estoy un poco harta de escuchar hablar tanto de miedos y mareos. Cada vez que pasa me dan ganas de gritar «¡no tenemos nada que ver!», pero entonces Amaua explica siempre con mucha paciencia (más de lo que yo lo haría, desde luego) que mis primas son mucho más gruesas, rectas y duras.

Os voy a contar una anécdota para que me entendáis mejor. Un día que hacía muchísimo calor, las manos de Amaua sudaban mientras yo veía que hablaba y hablaba. Me estaba entrando sueño y de repente la persona en la que estaba por entrar exclamó «¿¡pero me vas a clavar eso?!». Y yo pensé para mis adentros «otra vez no, por favor, con el calor que hace lo único que quiero es que me pongan en la bandeja esa tan fresquita». Sin embargo, después  de mucho hablar entre ellas ahí estaba yo, sostenida por dos dedos y dispuesta a entrar. Mi punta siempre está bien afilada, gracias a mi calidad, y Amaua es bastante certera, no le tiembla el pulso. Pero la piel estaba muy dura y no podía meterme en uno de mis puntos favoritos, zusanli, también llamado estómago 36 por estas tierras (con los nombres de los puntos soy una crack). Estaba en eso cuando sentí un grito que me asustó y ya empecé a dudar si entrar o no. La duda no está bien vista en una aguja, así que ya os podéis imaginar lo mal que lo pasé. Las manos que me sostenían estaban tensas, la piel de la persona sudaba. ¡Era una situación muy difícil! Finalmente, después de mucha resistencia, logré entrar. Por fin nos relajamos todas y el punto estaba encendido, lo sentía vibrar conmigo. Después me apretó fuerte y no me quería soltar. A veces pasa esto, porque ya sabéis como son los músculos, que sacan su fuerza y no te sueltan. Sin embargo esta vez no había forma de salir de ahí. Amaua puso como diez canciones de esas que te hacen dormir aunque no quieras. Trataba por todos los medios de aguantar pero los músculos me estaban ganando la partida y yo no paraba de repetirme «Agujichan, no te duermas o acabarás en Kongzui» (también llamado Pulmón 6 o Pozo Profundo). Mientras tanto veía desde la punta de mi gorro que Amaua se llevaba al cuarto de al lado a una persona tras otra. Me sentía mal porque aquel día parecía que iba a entrar solo en una persona. Es cierto que esta experiencia me dio la oportunidad de desarrollar mis habilidades de escapista. Os voy a contar un secreto que descubrí gracias a esta situación, y que seguramente solo sepan las agujas más ancianas y sabias, y es que fijando bien la punta y tirando del gorro hacia arriba te puedes deslizar como si estuvieras en agua hasta poder salir sin dificultad. Lo pasé fatal pero ya nunca más volvió a ocurrirme.

Ahora que os cuento esto me estoy acordando de cuando en un mismo día me metí en Taichong (Hígado 3) en cuatro personas diferentes. Me impresionó mucho lo que pasó, pero bueno dejo esta historia para la próxima que es momento de volver a la bandeja fresquita con el resto de compañeras, que mañana me espera una larga jornada.